Siempre, pase lo que pase, hay que seguir adelante

Hace cinco años, conocí a mi ex pareja.
Éramos de ciudades distintas, bastante alejadas entre sí. Pocos meses después de iniciar la relación, mi contrato laboral terminó y él me pidió que buscara empleo en su ciudad para irnos a vivir juntos. Estábamos enamorados. Yo admiraba de él su honestidad, su capacidad de entrega hacia quienes amaba y gran la responsabilidad y dedicación que mostraba en su trabajo.
Tras un par de entrevistas, conseguí un excelente puesto de trabajo en su ciudad. Aunque con algo de vértigo por abandonar mi entorno y embarcarme en esta nueva aventura, dejé atrás mi familia y amigos para empezar un nuevo proyecto de vida junto él.
Nos fuimos a vivir juntos.
La convivencia te hace descubrir cosas de la otra persona que desconocías totalmente. Al poco tiempo, pude percatarme de su incapacidad para gestionar una contrariedad sin verse superado y su inestabilidad emocional. Sin embargo, sabía que su pasado estaba marcado por algunas experiencias bastante difíciles. No obstante le amaba y por ello estaba dispuesta a aceptarle tal y como era (pues tampoco yo soy perfecta). Mi principal objetivo se convirtió en ayudarle a superar sus traumas del pasado con amor y paciencia.
Pasaron unos años más y pese a que en una relación de larga duración no todo es idílico, seguíamos juntos y planeando realizar un viaje a París para celebrar los cinco años de relación.
Y entonces me quedé embarazada.
No era algo planeado pero tampoco evitado. Evidentemente sabíamos que cabía la posibilidad de que eso ocurriera. Habíamos acordado que si ocurría, le amaríamos y criaríamos tan bien como supiésemos. Por otra parte, yo siempre he querido ser madre. Me encantan los niños. Eso es algo que él también sabía, además, me encontraba en un momento personal y profesional idóneo para plantearme la posibilidad de ser madre.
Al poco de conocer mi embarazo, él cambió completamente. Se volvió un ser cruel, caprichoso, egoísta y muy irascible. Me dijo que no deseaba ser padre a pesar de lo que habíamos acordado y de los riesgos que habíamos asumido siendo plenamente conscientes de ello. Me dijo que si tiraba adelante con el embarazo, iba a tener que hacerlo sola puesto que no le volvería a ver jamás (incluso aseguró que se cambiaría de ciudad en caso de que yo no regresara a la mía para no encontrarse jamás conmigo y el bebé). Únicamente si interrumpía voluntariamente el embarazo, podría seguir contando con él como pareja. De lo contrario, me dejaba a pesar de tener que correr sola con los gastos del alquiler del piso que compartíamos con el esfuerzo económico que ello supone, más aún con una maternidad inminente.
No cedí ante eso. A pesar de estar destrozada emocionalmente decidí no sacrificar a mi hijo por un acto tan egoísta y cobarde por parte de él. Costase lo que costase, iba a salir adelante sola con mi hijo.
Vivía en una nube de tristeza e incredulidad. Yo lo había dejado todo por él y ahora, sin ningún tipo de contemplación, me dejaba sola, embarazada y lejos de mi familia. No podía permitirme el renunciar a mi puesto de trabajo y sueldo para regresar a mi ciudad ahora que iba a ser madre. Lloré muchísimo pero no dije nada en casa para no preocuparles. Lo pasé todo sola, únicamente se lo conté a dos amigos cercanos en busca de apoyo. Traté de convencerle. Le rogué que no me hiciera eso, que si fallaba algo en la relación por mi parte, estaba dispuesta a corregirlo. Pero por otra parte, también me esforcé por salir adelante. Empecé a informarme de las ayudas para madres solteras a las que podía optar, recorriendo tres asociaciones distintas.
Y entonces él se marchó. Lo pasé muy mal los primeros días, pero lo peor aún estaba por llegar.
Primera revisión ginecológica. Si todo estaba bien, empezaría a comunicárselo a los amigos y parientes, pero recibí malas noticias: El embrión ha detenido su crecimiento. Aborto espontáneo. -Sucede a menudo en las primeras semanas de gestación y no tiene porqué conllevar más problemas en un futuro- Decía el ginecólogo tratando de tranquilizarme en vano.
Yo solo quería morirme. Jamás había estado tan asustada de mi misma como entonces. Me sorprendí en más de una ocasión, pensando en hacer una locura y quitarme la vida.
El dolor físico del aborto no es nada comparado a lo que pasé yo emocionalmente al verme sola en eso. Pues él ya no se echó atrás en su decisión de romper la relación. Ahora decía que el embarazo no tenía la culpa, sino que ya venía pensando en dejarme desde antes (hubiese sido un detalle por su parte que me lo hubiese comunicado, o al menos que no se hubiera arriesgado a dejarme embarazada…). De todos modos, sonaba bastante a excusa para tratar de acallar sus remordimientos…
Tras el aborto, él se marchó de regreso a casa de sus padres, y yo tuve que abandonar el piso dónde habíamos vivido (todo ello coincidió con la finalización del contrato de alquiler), no sin antes, los días previos a la mudanza, aguantarle llegando a casa muy bebido o escuchando sus constantes reproches. Parecía como si hubiese perdido la cordura. Se había convertido en un tirano. Trató de apartarme del grupo de amigos comunes (afortunadamente no lo consiguió, y estos se volcaron en mí cuando fueron conociendo la realidad). Me dejó de hablar cuando se percató de que me encontraba perfectamente arropada e integrada en su grupo de amigos.
Me marché del piso, busqué y encontré nuevos compañeros de piso y un nuevo hogar. La mudanza me tocó hacerla sola (es agotador y él no me ayudó en absoluto). Estaba destrozada al verme desmontando ese hogar que había construido junto a él. Sin embargo, ni durante la mudanza ni tras el aborto, he faltado un solo día a mi trabajo ni a mis obligaciones con las ONG’s con las que colaboro.
He mantenido en todo momento a mi familia al margen de la situación real para protegerle a él y para no preocupar a los míos. Y sobre todo, aún y encontrándome todavía en una situación de desconfianza total hacía la gente, trato de ser educada y amable con todo el mundo.

Así que… esa es mi historia. La historia que necesitaba contar. Sólo espero que ayude a seguir adelante a aquellas personas que estén pasando por un momento difícil. Siempre, siempre hay que seguir adelante