La Culpa

Es otra noche más despertando en la madrugada sobresaltado por un sueño, a veces un dulce sueño del pasado que luego llena de amargura el triste presente, y otras veces un golpe subconsciente en los sentidos.
Es que apenas ha pasado un mes desde que todo terminó, pero son nueve años y once meses desde que todo empezó.

Siempre he sido alguien muy inteligente para los números, pero bastante estúpido cuando se tratan de decisiones para la vida.
Apenas cumpliendo 18 años me casé con una joven mayor que yo, sólo por el deseo de salir del hogar paterno y ser independientes. Como era de esperarse, nada funcionó. Tres o cuatro meses transcurrieron y estaba retornando a la casa de mis padres con el fracaso sobre mis hombros. Pasaron años difíciles, en los cuales sentía que ya no tenía ningún valor. Pasaron días, meses estancado en indecisiones y desaliento, deshojando los sueños de mi adolescencia uno tras otro... Y entonces la conocí.
Piel clara, con suaves pecas dibujadas en el rostro. Delgada, muy delgada y de apariencia frágil. Cabellos oscuros y unos lentes le daban una apariencia tierna y dulce... Y conquistarla se convirtió en mi meta.
Pasaron varios meses para que pudiera invitarla a salir, y cuando tuve la oportunidad y ella aceptó, fue como si el cosmos se alineara. No tenía un centavo en el bolsillo, así que tuve que trabajar desde la tarde hasta la madrugada para tener el dinero suficiente y ofrecer llevarla al cine o a tomar un café... E hicimos ambas cosas.
Al final del día, recostados en una banca de la plaza principal, no resistí y sentí que debía abrazarla, porque quizá jamás la vería de nuevo. Lo hice, y fui bellamente correspondido.
Aquél fue el inicio de una hermosa relación que ocupó casi un tercio de mi vida, dándole un sentido a todo lo que hacía y a todo lo que anhelaba. Deseando ser mejor cada día, y serlo por ella.
Y fueron tantas aventuras que pasamos juntos, tantos viajes, paseos, tantas películas, tantas noches juntos, tantas peleas, tantas reconciliaciones, tantas promesas, tantos sueños... Y entonces pasó.
Me quiebro mientras recuerdo, pues dentro de mi tengo el veneno que la culpa esparce en mis venas y consume mi corazón a las cenizas.
Fue una tarde en que ella se asomó, una chica joven, tan joven como yo lo era al principio, y con halagos y coqueteos, hacía que sintiera un curioso deseo no ser yo.
Y aquélla tarde caí. Sentí la culpa y la miseria. Deseos de confesar mi pecado, deseos de borrar mi memoria, de ocultarme en el abismo... Pero ella lo hizo por mi... Y ése fue el fin.
No hubo una mirada de amor mientras reprochaba mi actuación. El odio llenaba cada gesto y cada palabra. Todos los regalos de éstos nueve años hoy fueron sepultados o han ido a beneficiar albergues y orfanatos... No lo sé.
Pero llegó el día en que nos tomamos las manos, en que nuestros labios volvieron a juntarse, en volvimos a reír... Y cuando creí que mi suerte había cambiado, que había ocurrido el milagro que rogaba al cielo que ocurriera... Y dijo aquéllas palabras: "Éste es el adíos... Después de todo lo que hemos pasado, después de éstos nueve años tú y yo no podíamos despedirnos con odio. Nos merecíamos despedirnos con amor..."
Mi alma se rompió en pedazos que desde entonces no han podido sanar. Pero entendí que es el destino al que he apostado con mis acciones, y es el castigo por mi pecado.
En la soledad de mi habitación, cuando soy atrapado por un bello sueño del pasado o un cruel presagio del futuro rompo en llanto recordando que un día lo tenía todo... Y lo perdí. Y sólo fue culpa mía.
Hoy vivo esperando que la vida me tome de vuelta a aquéllos días, esperando pagar lo que deba pagar, lo que sea justo pagar, si alguna vez podré, con tal de ver en su mirada el amor que sentía, y en sus labios la sonrisa de la felicidad.